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El doctor Tómás Romay Chacón (1764-1849),
a quien con justicia se ha considerado el Hipócrates
cubano, fue un hombre que en el corto período de sus
84 años de vida abrazó con profunda erudición
el extenso y abrupto espacio de las ciencias y las letras.
Su pluma abarcó la prosa científica y literaria,
así como la filosofía, la historia y la poesía
con luces capaces de honrar a su siglo, de crear sentimientos
proclives a ennoblecer la humanidad y de dar lecciones propensas
a desarrollar la virtud de hacer el bien.
Una mirada retrospectiva a la época en que le tocó
vivir, bastaría para comprender por qué su nombre
está indisolublemente ligado a la historia de Cuba,
dada su contribución trascendental a la formación
de la nacionalidad cubana.
Junto al estadista y economista Francisco de Arango y Parreño
(1765-1837), el filósofo José Agustín
Caballero (1762-1835) y el poeta Manuel de Zequeira (1764-1846)
integró la pléyade de intelectuales, cuya obra
fue el indicio de la transformación de la colonia en
nación.
Romay preconcibió el nacimiento de la riqueza pública,
la consolidación del orden y la seguridad de
la existencia en la isla para inspirar su desarrollo
científico y cultural sobre la base de la paz y
la fraternidad. Y fue capaz de hacer realidad esos propósitos
con sus constantes estudios, laboriosas investigaciones y
permanentes trabajos. Fue co-fundador, con el Gobernador
Don Luis de las Casas Aragorri (1745-1845), del Papel Periódico
de la Havana, de la Sociedad Patriótica de Amigos
del País y de la Real Casa de Beneficencia; además
de catedrático de Filosofía y de Patología
en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor
San Jerónimo de La Habana, donde en 1832 ocupó
el cargo de Decano de la Facultad de Medicina.
Asimismo, en colaboración con el ilustre Obispo Juan
José Díaz de Espada y Fernández de Landa,
protagonizó la puesta en práctica de las medidas
encaminadas a la eliminación de los enterramientos
en las iglesias y fuera del perímetro urbano e
influyó de modo favorable para que la población
habanera cumpliera la medida de inhumar a los muertos
en el Campo Santo, nombre del primer cementerio erigido en
la ciudad el 2 de febrero de 1806.
Romay fue también un propulsor de la Química
y la Botánica, cuya introducción era tan
necesaria en la isla, y contribuyó al progreso de la
apicultura o industria de la cera. Abogó por
la enseñanza primaria gratuita y propugnó
la provisión de fondos para la creación y el
mantenimiento de escuelas, además de ofrecer
su cooperación para la implantación de nuevos
métodos de enseñanza con la finalidad de mejorar
y difundir la instrucción.
Metódico en extremo y observador acucioso,
recogió sus experiencias médicas en el tratamiento
de numerosos enfermos de fiebre amarilla en
una memoria, que expuso en abril de 1797, y que constituye
el primer incunable cubano. Por las valiosas
observaciones en ella descritas, la Real Academia de Medicina
de Madrid consideró a esa memoria el trabajo más
importante escrito sobre el tema en español hasta entonces,
lo que le valió a su autor la designación de
Socio Corresponsal de esa organización,
en reconocimiento al mérito de la obra.
No obstante las antes apuntadas contribuciones de Romay
al desarrollo de la cultura en general y de la ciencia
en particular, cuando se habla de su obra no se puede dejar
de hacer referencia a lo que se considera su aporte fundamental,
a saber, la introducción y propagación de
la vacuna en el territorio cubano en una época en que
la viruela, una de las plagas de mayor antigüedad
conocida, diezmaba de manera alarmante la población
de la raza blanca.
Sus éxitos al vencer la abierta oposición que
encontró primero en su afán de convencer a la
población de los beneficios de enterrar a los muertos
en extramuros y luego al demostrar la utilidad de la
vacuna como medida preventiva, le hicieron merecedor del
reconocimiento de primer higienista cubano. En particular
su aporte como introductor y propagador de la vacuna fue
el motivo justificante para que el Rey le concediera en 1805
el honroso título de Médico de la Real Familia.
Este paso de avance, que se puede considerar como el jalón
inicial de la higiene pública en Cuba, fue por
tanto un producto del celo y de la tesonera labor del doctor
Romay.
El presente año 2004 es propicio para conmemorar dos
efemérides: el 10 de febrero se cumplió el
bicentenario de la primera inoculación de la vacuna
contra la viruela, realizada por Romay a sus dos hijos
más pequeños, y el 21 de diciembre será
el aniversario 240 de su natalicio.
Ambas efemérides constituyen la motivación para
rendir merecido homenaje al acontecimiento y a su gestor a
través de esta página web que se pone a la disposición
de los usuarios de INFOMED.
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Agradecemos la colaboración del profesor
José López Sánchez
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