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Edward Jenner nació en Beketen, Inglaterra,
el 17 de mayo de 1749 en el seno de una familia de pastores
protestantes. A la edad de 13 años comenzó sus
estudios profesionales en Soadbury, bajo la dirección
de Daniel Ludlow. De allí pasó al hospital Saint
George, donde fue discípulo de John Hunter.
Por aquella época comenzó a manifestar una gran
inclinación por la botánica y la zoología.
Esta afición pudo ser la causa de que se perdiera el
descubrimiento de la vacuna, es decir, de que no se verificara,
pues en 1771 le fue ofrecido a Jenner el puesto de naturalista
en la famosa expedición del capitán Cook. Pero
éste prefirió ir a ejercer la medicina a su
pueblo natal.
En 1778contajo matrimonio con Catalina Kingscoke, mujer que
no obstante su delicada salud, participó activamente
en los trabajos de su marido.
Todo parece indicar desde 1762, cuando comenzaba sus estudios
en Soadbury la cuestión de la viruela le preocupaba
a este ilustre médico, pues en una consulta facultativa
oyó a una joven decir: "Yo no me puedo enfermar
de viruela porque ya estoy vacunada". Aún conservaba
vivo el recuerdo de aquella frase cuatro años después
se estableció en Berkeley, donde observó que
la creencia de ésta era corriente entre los vaqueros
del lugar y de sus cercanías. Se propuso comprobar
la verdad en tal sentido y al persuadirse de ella por el año
1780, comenzó a divulgar su descubrimiento. En 1788
Jenner puso en conocimiento del cuerpo médico de Londres
su idea de propagar la vacuna de un individuo a otro como
medida de protección contra la viruela, pero ésta
no causó ninguna impresión. El lapso transcurrido
entre ese año y el de 1796, se empleó por científico
en los estudios experimentales. Hasta que llegó al
importante día del 14 de mayo.
El descubrimiento trajo consigo críticas que muchas
veces tomaron formas violentas e injuriosas. Un folleto publicado
por el doctor Rowley, contenía una viñeta en
que se representaba a un niño con cabeza de buey. Ésta,
según dicho autor había tomado tal forma a raíz
de haberse vacunado al pequeño. Por otra parte, se
predicaba en los púlpitos que la vacuna era una acción
anticristiana.
Sin embargo, la verdad se abrió camino poco a poco.
Al principio se divulgó la vacuna por Inglaterra; posteriormente
se introdujo en Francia e Italia, hasta llegar a propagarse
por toda Europa y América.
El nombre de Jenner se diseminó por todos los países
civilizados. El insigne médico recibió gran
número de títulos de instituciones como la Sociedad
de Medicina de Paris, el Instituto de Francia y de muchas
otras agrupaciones científicas del país galo.
Alcanzó en el extranjero un prestigio tan grande, como
importantes fueron los honores con los que le recompensó
su patria.
Desde que verificó su descubrimiento hasta los últimos
días de su vida, Jenner vacunó gratuitamente
a los pobres de Berkeley y de sus alrededores. Para ello tenia
un pabellón en el jardín de su vivienda, al
que llamaba <Templo de la vacuna>. En cierta ocasión
acudieron a él muchos habitantes de una aldea vecina,
que antes habían sido rebeldes a la vacunación.
El cambio se debió a que el sacristán de la
iglesia del pueblo, cansado de asistir a tantos entierros
por defunción de variolosos, determinó aconsejar
por todas partes la única forma de precaución
contra epidemia era la vacunación. En virtud de la
exhortación del sacristán, los vecinos se sometieron
a lo que hasta entonces no habían aceptado. Jenner
tuvo tres hijos: Eduardo, Catalina y Roberto. Al primero,
de salud delicada, lo perdió en 1810. Su esposa falleció
en 1815.
Catalina y Roberto sobrevivieron a su padre, quien en 1820
sufrió un síncope del que nunca se restableció
completamente. El 24 de enero de 1823 visitó a un enfermo
de parálisis; al día siguiente apareció
también paralítico y un día después
falleció. Sus restos se depositaron en el santuario
de la iglesia de Berkeley.
Para que se tenga una idea de la significación para
la humanidad del descubrimiento de Jenner, sería bueno
mencionar los estragos causados con anterioridad a éste
por la viruela.
Por aquella época, esta enfermedad daba lugar a una
mortalidad de 15 000 personas al año en Francia; en
Alemania morían anualmente 72 000 variolosos, en Rusia
llegó a ser la viruela la responsable de 2 000 000
de defunciones en un solo año; y en algunas regiones
de América, principalmente en los países del
norte y el Perú, sus victimas se contaban por millares
entre los indígenas.
Sólo esta información es más que suficiente
para que se reconozca a Jenner como un benefactor de la humanidad,
y como alguien que se merece recibir un homenaje diario de
todos los habitantes de la Tierra, con independencia de la
época que haya tocado vivir.
Imágenes originales de los dibujos que realizó
Jenner de las primeras inmunizaciones en sus pacientes publicada
en Londres en 1797:
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Agradecemos la colaboración del profesor
José López Sánchez
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